El momento dado

Siempre me miraban incrédulos cuando revisaba los cadáveres. Muchas veces se burlaban diciendo que no era necesario tomarles el pulso, como si no supiera que una mujer con un machete clavado en su cabeza morirá inmediatamente. Solía decirles que me dejen, que era médico, después simplemente dejé de responder. El derecho al silencio hoy es irrefutable, es absoluto.

Lo cierto es que cuando llegaron los años grises no me imaginé cuáles serían las armas valiosas para sobrevivir. Poco a poco todos fuimos haciéndonos experiencia en este escenario, acostumbrándonos a ver los colores desaparecer cubiertos por el polvo y la falta de renovación, muchos de ellos luchando como los recuerdos de un sueño.

Con el tiempo los trucos para cazar, comer, desplazarse, comunicarse, aparearse y pelear fueron pasando entre los sobrevivientes. Como historias infantiles que pasan de generación en generación, estos trucos eran lo más importante que teníamos para transmitirle a nuestros grupo, aunque fueramos cada vez menos. Como un inseguro maestro nunca pude explicar todas mis técnicas a los mios, nunca quisieron entenderlo, preferían creer que sus éxitos venían de ser grandes cazadores. Mucho mejor que piensen eso.

Acá estoy esperando, en la oscuridad, cubierto del polvo después de todo un día agazapado esperando la llegada de la noche. Con ella, el previsible asentamiento cercando al fuego, dos personas buscan refugio de la peor manera: en un descampado, rodeando una fogata, cocinando. Dos ancianos eligieron su último lugar para descansar como quien se queda dormido en el sillón de su casa. El aroma de la carne quemada probablemente sea lo que más me preocupa, hace días que no comemos y podríamos sentir el olor a asado a kilómetros, supongo que eso agudiza mis sentidos, también me inquieta como a todos los demás.

Espero a unos 40 metros, 55 pasos, 30 segundos caminando o 10 segundos corriendo. El plan, aunque siempre puede fallar, está pensado, probado y refinado. Mi trabajo es el más sencillo, lo que era habitual para los viejos que vimos los colores, nuestra energía no era la misma que la de los grises. Yo prefería verme como un soldado que había adquirido experiencia suficiente para comandar, aunque agazapado estaba lejos de la dignidad de un Comandante.

Falta menos de cuatro minutos. Los dos ancianos se preparan para comer y es el momento más delicado, miro la oscuridad detrás del campamento y no veo movimiento, eso me deja más tranquilo, mis acompañantes finalmente entendieron el orden en que se sirven las mesas.

Aún a la distancia eran evidentes los temblores de los viejos, las sombras proyectadas por las llamas hacían evidentes lo que sus sucios trapos escondían. Sus mordiscos eran firmes y amplios, sus manos eran todo lo contrario.

Falta un minuto.

Me siento joven y fuerte, soy pintor, soy un artista y pronto empezará mi obra, me llaman Rojo.

Me llamo Rojo.


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